La NFL quiere un Super Bowl sin sobresaltos, sin polémicas, sin política. Quiere música, espectáculo y ratings. Pero elige, con plena conciencia, a Bad Bunny, un artista que ha hecho de su voz un espacio de denuncia y resistencia. Ahí está la contradicción: pedir neutralidad a quien acaba de ganar el Grammy a Álbum del Año con un discurso frontal contra las políticas migratorias de Estados Unidos.
Roger Goodell, comisionado de la NFL, salió a tranquilizar a mercados, patrocinadores y audiencia. Dice que Bad Bunny es un artista global, creativo y capaz de unir. No miente, pero omite que su alcance no se explica solo por su música, sino por lo que representa. Benito Martínez no es un artista “despolitizado”; es un fenómeno cultural para la comunidad latina, que hoy resiste el racismo impulsado desde la Casa Blanca.
En la gala de los Grammys dijo “fuera ICE” y habló de humanidad frente al odio. Por eso ahora la NFL pide garantías. No quiere otro Kendrick Lamar, no quiere que el medio tiempo se convierta en un espejo incómodo de la realidad. Quiere fiestas sin memoria, ritmo sin contexto.
Para muchos latinos en Estados Unidos, la presencia de Bad Bunny en el Super Bowl es un triunfo en medio de un clima hostil. Para sectores conservadores, en cambio, es una provocación: un puertorriqueño en el escenario de “su” deporte, cantando en español, rompiendo moldes de masculinidad y tradición.







